Corazón de tiza

Una señora me atraviesa con su cruel mirada para incomodarme. Dejo que sienta que lo ha logrado. Sus pupilas están desorbitadas. Aunque no me diga nada, percibo que su alma ha sido despojada por la ira.

Después de varios minutos, ella se acerca para encender un vínculo que nunca había existido. Pero, de una forma u otra, yo ya le había hecho saber, a través de mensajes ocultos detrás de un corazón dibujado con tiza, lo que aquella hermosa mujer provocaba en mi confuso mundo.

Sentía que, si respondía a sus preguntas, podía convertirme en cómplice de su controvertido humor y de su adicción a la mentira. Por eso me inmolé en el silencio, para que no descubriera que su belleza había perdido fuerza frente al engaño.

Ella intentó ser socialmente humana. Incluso diría que demasiado empática. Eso la volvía vulnerable ante las manos ásperas de un insensato bohemio que solo buscaba asegurarse de que los corazones dibujados con tiza nunca perduran en el tiempo.

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